Así es una experiencia comprando en la primera feria digital del agricultor

Ir a una feria del agricultor a las 9:30 a.m. no habla bien de mis hábitos como madrugador. Es decir, esta hora no me representa. A las 9:30 a.m. el sol sobre Ciudad Colón es potente, pero eso no será un problema para este sábado. Me adelantaron que el campo ferial es techado, por lo que no hace falta ni bloqueador ni mi sombrero habitual para estas instancias.

Vivo al este de San José, pero tengo un listado de motivaciones para desplazarme al otro lado de San José. Ciudad Colón me parece un lugar extraordinario. Está en un lugar donde los rastros de la ciudad se disipan hasta fundirse con los cerros verdes donde se ocultan parajes extraordinarios como El Rodeo, el río Picagres o la poza Pénjamo.

La feria ocurre en el puro centro de Ciudad Colón. Es decir, habiendo ubicado la plaza y la iglesia, no hay manera de perderse. Además, la infraestructura centenaria que alberga esta feria es imperdible. Pero además, un sábado, con la colección de colores típicos de una feria del agricultor, no hay manera de equivocarse.

Este sábado mi emoción por venir acá tiene otro componente. Hasta donde sé, es la primera feria digital del agricultor en el país.  Quiere decir que pude haber dejado extraviada mi billetera en casa y, aun así, realizar la compra únicamente usando mi celular.

Dije “feria digital”… exacto: Feria-digital-del-agricultor. Esta nomenclatura es novedosa en estos lados del mundo y más aún en Costa Rica, pero ahora es una realidad. Es posible gracias a la tecnología de códigos QR, que se activan escaneándolos por medio de un smartphone en la súper app OMNi que, por supuesto, ya tenía descargada.

Comprar local (y con el teléfono)

Ya dije que ya estaba ahí a las 9:30 a.m., Todos los productos disponibles estaban a la venta desde las 5:00 a.m., mientras que todos los puestos estarían abiertos hasta mediodía. Es decir, llegué más o menos a la mitad de la jornada ferial.

Mi primera tarea, y la de tod@s los compradores ahí presentes fue cumplir con los protocolos de higiene. Había una fila rápida que comenzaba en la estación de alcohol en gel y terminaba con una toalla de papel para secarse bien las manos.

Y ahora sí, a empezar a comprar. En la feria de Ciudad Colón hacer el recorrido entero es muy fácil. El camino está bien demarcado y es imposible extraviarse con tanto orden. Apenas al entrar, a mano izquierda está un puesto donde el color verde sobresale, entre la espinaca, el kale y la variedad de lechugas. La oferta es de 2 x ¢500 en la mayoría de productos. ¡Vamos ahí!

Entre los ramos de hojas frescas sobresale un rótulo cuadrado con un código blanco-y-negro que la señora delante de mí no sabe bien qué es. 

“¿Y esa cosa?”, pregunta cuando me ve acercándole el celular.

“Para que pague con el teléfono”, responde el amable vendedor del tramo.

Así es. Le muestro mi pantalla, donde pasaré de escanear el código QR a ver aparecer en la pantalla el nombre del vendedor: don Fernando. ¡Van ¢1.000 para don Fernando!

La señora se sorprende en ese momento y se asombra más cuando le hago saber que, en muchos de estos puestos en la primera feria digital del agricultor se puede pagar igual.

“Vea en ese otro, o por allá también”, le indico, mientras señalo hacia varios puntos con mi trompa, como buen tico.

Frutas y vegetales con nombre y apellido

Mi recorrido apenas estaba iniciando y me emocionaba poder hacer la compra completa sin sacar un solo billete o calcular en vueltos.

Seguí yendo al puesto de tubérculos a don Santiago y luego por los hongos crimini de Simón. Varias frutas se las compré a Sergio y un buen queso semimaduro a Luis. De donde Eduardo me llevé limones y unas mangas. Además, me quedé con el antojo de probar el jugo de naranja de don Didier y los panes de canela de doña Gina. ¡Dicen que son otro nivel! 

Me llamó la atención esta forma de personalizar los puestos de la primera feria digital del agricultor. Ver los nombres de cada vendedor es una excelente manera de acercarse a quien produce y comercializa. A la vez, ver el monto de cada transacción en pantalla, genera facilidad para el control de mi dinero.

En el recorrido fui sumando productos a mi bolsa de tela, que se fue haciendo más grande y más pesada con una piña, las zanahorias, las cebollas. Le agregé un recipiente con uchuvas y unos plátanos que pretendo convertir en patacones. La experiencia fue innovadora, la compra expedita y, por supuesto, fresca.

Pude hacer toda esta compra sin la necesidad de usar efectivo o una tarjeta. Todo lo pagué usando un código QR.

Más tarde hice la matemática viendo el registro de mis transacciones de esa mañana. Realmente agradecí no haber sacado efectivo ni haber tenido que hacer malabares con monedas. Mi compra fue de ¢14.100. Me alcanzará por una buena cantidad de días y, además, compré todo lo de la feria para mis papás.

Al llegar a casa, les conté de cómo había comprado todo eso. Su reacción al responder fue: “Es casi como una cosa del futuro”. A lo que respondí afirmativamente, pero les recomendé que no se quedaran sin comer las frutas pronto.

Esta fue la compra de Paola, otra de las asistentes a la feria el sábado pasado.

¿Y a ustedes qué les hace sentir que en Ciudad Colón se esté desarrollando la primera feria digital del agricultor?


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